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domingo, 28 de abril de 2013

De ayer, hoy y mañana


Hoy escribo para contarles en que ando. 

Desde hace días quiero escribir. Primero quería hacerlo sobre la situación de Venezuela. El tema político y electoral, los dimes y diretes, la evidente manipulación de los resultados electorales, la locura desatada por el poder, la violencia, las muertes, los insultos, la demagogia. Si la demagogia, que es lo que explica lo que le está sucediendo a mi país. Para los que no saben o no recuerdan el significado del término, les dejo una cita wiki: 

"La demagogia, según Platón y Aristóteles, puede producir (como crisis extrema de la democracia), la instauración de un régimen autoritario oligárquico o tiránico, que más frecuentemente nace de la práctica demagógica que ha eliminando así a toda oposición. En estas condiciones, los demagogos, arrogándose el derecho de interpretar los intereses de las masas como intérpretes de toda la nación, confiscan todo el poder y la representación del pueblo e instauran una tiranía o dictadura personal. En sentido contrario y paradójicamente, muy habitualmente las dictaduras se han instalado sosteniendo que lo hacían para terminar con la demagogia"

Esto sólo una parte, hay mucho más y casi todo es una radiografía del acontecer socio político de Venezuela desde el pasado 14 de abril, incluso antes, pero esa es otra historia. 

Entonces quería escribir sobre eso, sobre lo que pienso y siento, contar que salí a protestar en Barcelona, como nunca salí a protestar en Caracas. Eso me sorprendió muchísimo a mí misma. Quizá el estar fuera, contrariamente a lo que muchos creen, aviva en los emigrados un tipo de amor distinto. Como cuando ves que tu casa se quema, se destruye, y le echas baldecitos de agua, tratando de evitar lo inevitable.

No es que quiera ser pesimista, pero lo que ocurre en Venezuela, no se apaga con baldecitos, ni con cacerolas, ni con discursos. Sólo hay dos salidas: aguantar y esperar que todo caiga por su propio peso, ayudando diariamente con acciones a que las bases oficialistas se debiliten aún más de lo que están, o salir y romperlas de un hachazo. No soy yo quién para decir lo que debe hacerse, cada uno tiene sus consecuencias, y ninguna es positiva, al menos en inmediatez. 

Sufro al ver cómo se fracciona mi país, cómo está dividido y sobre todo cómo la ineptitud puede más que el sentido común. Cómo los rencores no han sanado, cómo la brecha crece.

Sin embargo no escribí nada sobre eso. Al menos no aquí. 

Pero ayer, y ahora retomo para contar en lo que ando,  fui a ver "Ayer no termina nunca" de Isabel Coixet. 

Fui yo sola, como parte de una de mis tareas de "El Camino del Artista", un taller- curso- proceso de doce semanas, orientado al descubrimiento y rescate de la propia creatividad. Esta tarea es " La cita con el Artista" y se trata de irte de paseo con tu artista, contigo mismo, a donde desees. A donde te pida tu artista ir. A mí me pedía ir al cine y a ver esa película, y no se equivocó.

No voy a explicar aquí de lo que se trata la película. Quien desee verla, encontrará en ella una magnífica propuesta cinematográfica, con excelentes interpretaciones, un guión conmovedor y bastante crudo, crítico e inteligente y una fantástica dirección. Vamos, que vayan a verla. Está de más decirlo.

Lo que quiero escribir aquí es lo que me hizo pensar, lo que provocó en mí "Ayer no termina nunca" o cómo nos quedamos enganchados en los buenos tiempos, en las tragedias, en el pasado, sea cual fuere. El dolor que no termina, la nostalgia de lo que fuimos, la incerteza de lo que somos, la tristeza de que todo lo que soñamos se ha esfumado, a veces, para siempre.

Pienso en mis propios ayeres, en las cosas en las que creía, las palabras, las ilusiones. Y vienen a mi cabeza tantas escenas, alegrías, llantos, amores, desamores, logros, frustraciones, verdades a secas, mentiras disimuladas, propias y ajenas. Etapas superadas y  otras que  no tanto. Y me pongo a revisar en mis tragedias, buscar algo que sea tan difícil de dejar atrás que no hay manera de hacerlo. 

Encuentro muchos recuerdos tristes y varios rencores mordiéndome de vez en cuando, asaltándome cuando estoy desprevenida, arrepentimientos atroces, culpas a medio digerir.

Pero un hecho trascendental, absolutamente imborrable, un dolor inacabable y permanente, no tengo. ¿debería sentirme afortunada? o ¿debería sentirme inacabada? , ¿ debería esperar que llegara de un momento a otro? .  No sé, quizá ninguna de las anteriores, muy probablemente ninguna de las anteriores. Lo que hay es lo que hay, lo que habrá ya llegará, como todo llega y como siempre, sin que yo lo controle.

Después, la peli, que también es una crítica  política muy fuerte, me hizo reflexionar sobre las situaciones de mis dos países: el que nací y del cual emigré, y al que decidí venir hace tres años. 

Es evidente y por todos conocida la historia que los une. Pero que no es sólo historia pasada, es también presente. Aunque nos creamos distintos culturalmente, que tampoco lo somos demasiado (creo que la brecha cultural la vamos cavando nosotros mismos), estamos más conectados de lo que creemos.

Y no me refiero a las costumbres, gastronomía, tradiciones o formas de ver la vida. Me refiero a algo más profundo.  Si transformáramos a España y a Venezuela en personajes de una obra de teatro, o de una novela, veríamos que sus complejidades los acercan más de lo que los separan.

En uno, el pasado es tan fuerte que no puede dejarlo atrás y su punto de no retorno, su tragedia, no le permite ver otras posibilidades.

En otro, la negación de su tragedia es tal, que no se da cuenta que tiene que caer y tocar fondo, para poder levantarse y seguir adelante, sin el fantasma que lo persigue y lo atormenta.

Estos son los personajes de la película de Coixet.

En ellos pude ver mucho más que una pareja destrozada por el dolor y la pérdida.  

Me he visto a mí, he visto a algunas personas que conozco, he visto incluso la analogía que acabo de hacer.

He visto que el futuro puede o no depender de nosotros y de nuestra manera de afrontar el presente. 

He visto que somos absolutamente vulnerables, aunque nos creamos dueños de la verdad. 

He visto que el pasado puede ser una espada de Damocles, siempre que lo permitamos. 

Y también puede ser la base para construir lo nuevo, para cambiar y para aceptar que nuestras tragedias no superadas y no aceptadas son nuestro principal enemigo como individuos y como sociedad.

He visto que es sumamente difícil que el mundo cambie pero que si dejamos que muera esa  ilusión no tenemos nada. No hay motivo para continuar.

Y necesitamos un motivo. 

Y creer que todo saldrá bien.

Mujer con Girasol, Ana Maria Abello (2006)
La coloco porque me gusta y ya.


viernes, 9 de diciembre de 2011

Alguien tendría que prohibir...las "vísperas de feriado"

El pasado domingo me arme de valor y decidí levantarme antes de medio día, algo que suele ser poco usual un domingo (y a veces algunos días de semana, también) salvo que tenga algún compromiso mañanero, léase clases o ensayos, que es el único tipo de compromiso que estoy dispuesta a cumplir a esas horas un domingo. Tras café y desayuno, me puse en marcha rumbo al mercado de Sant Antoni, a curucutear las interminables mesas de libros de todas las manos, colores, estilos y años, acompañada de mi chico que, en un acto de amor absoluto, se lanzó a la aventura sabiendo que le aguardaban horas de espera.

 En teoría, fui a ver si corría con suerte de encontrar un par de libros que necesito pero con la certeza de que seguramente saldría con algunos más, cosa que por supuesto y afortunadamente sucedió. Uno de estos hallazgos fue el libro de Isabel Coixet , cineasta nacida en Barcelona, de la que confieso no haber visto mucho pero si lo suficiente para saber que me encanta.

El libro, el primero que tomé al llegar, llamó mi atención inicialmente por su título "Alguien tendría que prohibir los domingos por la tarde", y es una selección de sus artículos publicados en el suplemento dominical de El Periódico, llamada "Mi hermosa lavandería". Al hojearlo por encima me atrajo mucho más por su estilo narrativo, que parece que tienes a la autora enfrente contándote la historia y tomando café (algo que también me ocurre con Rosa Montero) pague a la señora del puesto y seguí hurgando en las mesas por dos horas.

Ya con mi botín en mano, decidí empezar por éste libro. Se lee rápido y más bien lo estoy  masticando con calma  y como era de esperar me han gustado todas las historias que llevo hasta ahora, sin embargo quiero hacer referencia a una de ellas, por la coincidencia con un hecho reciente.  La historia se llama "Si estás muerto, ¿por qué bailas? " y en ella Coixet habla de la actualidad del cine en cuanto a espectadores se trata, el ritual del ir al cine va perdiendo terreno por diversos motivos: la gente prefiere hacer otras cosas o no tiene tiempo, o dinero, o prefiere ver pelis en casa ya sea en t.v por suscripción, o en páginas de descarga o como sea, lo cierto es que la gente no está yendo al cine de la misma manera.

Yo soy una de las que el ritual de ir al cine constituye un momento de felicidad suprema, no he sido muy amiga de ver pelis en casa (generalmente me duermo en el sofá) digo, pelis que me interesen de verdad, aunque debo confesar que he caído en la tentación de ver una que otra de la cartelera actual en alguna página de vistas on line.

Lo cierto es que me gusta ir al cine y comparto la imagen descrita por Coixet de lo que ello significa, un espacio en el que parece que el tiempo se detiene, se abre una nueva dimensión, la imagen y el sonido te envuelven y no importa el antes ni el después,  a veces, depende la la película, tardo horas en regresar a la realidad e incluso llego a desanimarme al verla tan corriente, tan mundana, tan.... real. Por esta gracia, cuando alguien propone ir al cine, me encuentro con dificultades para negarme, incluso aunque mi economía esté golpeada (como ahora).

Fue así entonces cuando el miércoles pasado, cuyo carácter de mitad de semana se acentuaba mucho más al estar entre dos días festivos en España, un amigo me propuso ir a ver una peli y yo a mi vez arrastré a mi chico, pero.... no es de la peli de lo que quiero hablar.

Resulta que, como mi economía está como está, apelo a cualquier descuento al que me sea posible acceder, y en el caso de las entradas del cine, lo hago por mi carnet de biblioteca. A sabiendas de esto, saque cuentas de dos entradas (me tocaba el turno invitar a mi pareja) y según lo que tenía en mi cartera pues, podía quedarme con algún suelto. Sin embargo, al llegar a la sala de cine, la realidad tan corriente, tan mundana y tan... real me dio un cachetón que consideré indignante:  no sólo no había descuento en la entrada, ¡sino que además era más caro! y todo por ser "víspera" de feriado, es decir, que porque el día siguiente era libre para la mayoría y podían hacer lo que quisieran esa noche, a alguien se le ocurrió que deberían poner la entrada como si se tratara del feriado en sí. Me quedé pasmada. No entendí como tampoco entiendo ahora el porqué de una decisión tan arbitraria. Opiné en voz alta mi indignación y compré las entradas....sabiendo que entraba en su juego y sin  tener ninguna salida ( sí, podría haberme ido pero...)

Recordé inmediatamente el artículo de Coixet, y eso me coloca entre dos aguas:

1. La gente no va al cine, ergo, las salas aprovechan cuando sí van para equilibrar ganancias.
2. La gente no va al cine porque las salan abusan para obtener sus ganancias.

La verdad, no se que es peor. Lo que sí se es que ninguna de las dos opciones ni favorecen, ni tienen que ver con los creadores ni mucho menos con los espectadores, al final el resultado es el mismo: la gente no va al cine. Y a los que disfrutamos y tratamos de conservar el ritual se nos hace cada vez más cuesta arriba, no tan sólo por el dinero, sino por ser tratados como pendejos, pringaos, boludos que siempre van a terminar comprando la entrada.

Al menos eso pienso YO.


















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