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domingo, 6 de abril de 2014

Tolerar para evitar

Tengo días (muchos) queriendo escribir éste post, aunque no encontraba el momento para sentarme a hacerlo. O quizá era una excusa porque me daba miedo escribirlo, así sin más razón.

El hecho es que he estado pensando acerca de la tolerancia, esa capacidad de aceptar que lo que nos es diferente.

Evidentemente ser tolerantes es lo que nos permite vivir en sociedad, aceptar opiniones y puntos de vista distintos a los nuestros, compartir culturas y tradiciones. Aceptar al otro, ser aceptados y aceptarnos nosotros mismos.

Sin embargo creo que muchas veces entendemos la tolerancia como el acto de armarse paciencia para permitir que las cosas sigan pasando, los sistemas sigan andando como mejor pueden sin fastidiarnos mucho la vida ( y si lo hace no enterarnos demasiado) y lo que nos es extraño, de alguna manera pase a ser lo normal.

Soy de Venezuela y vivo en España ( ¿o debería decir en Cataluña?), en ambos países veo cómo la tolerancia más que existir se ha convertido en un escudo usado a conveniencia en contra de las situaciones adversas.  

Es decir, que no somos realmente tolerantes sino que fingimos serlo para no entrar demasiado en temas que causan diatribas. Política, economía, inmigración, etc.

En Venezuela, están viviendo una grave situación de fractura social y la bipolaridad va ganando la partida.: Maduristas contra Caprilistas, Chavistas contra Maduristas, Lopecistas contra Caprilistas y así todas la combinaciones posibles.  Se predica la guerra y la paz como quien pide un vaso de coca cola, hay maldiciones, insultos y por otro lado llamado a la unidad como venezolanos, al diálogo, a disfrutar que un día se puede caminar por las calles de la ciudad porque las estaciones del metro están cerradas por las protestas, mientras lanzan lacrimógenas y encima pendientes de que no te vayan a robar. Pero es cool porque  hay que verle el lado positivo a todo y casi nunca se puede caminar la ciudad.

En España la crisis y los recortes, contra la supuesta generación de empleos, los Catalanes independentistas contra los que no lo son. Los de Madrid odiando a los de Cataluña y viceversa, que no sólo es una rivalidad futbolística. Los del PP y sus leyes que favorecen a los más poderosos y sepultan a los desposeídos contra  los del PSOE refutando cada opinión y medida que el gobierno toma en cualquier ámbito socio político. Mujeres tolerantes que mueren a diario a causa de las golpizas de sus maridos que no lo son tanto. 

Y en ambas orillas las protestas pacíficas que sin saber cómo terminan en violencia:  lacrimógenas, golpes, muertos, heridos, destrucción del inmueble público y privado, acusaciones, cesura, represión. Derecha e Izquierda se toman de la mano y van andando juntas el camino de la opresión ante pueblos tolerantes, que ven cómo el gobierno hace, dice, proclama y difama, en función del bienestar de sus líderes democráticos o dictatoriales, que a éstas alturas parecen ya lo mismo. 

La tolerancia, se ha convertido entonces en un arma de doble filo. Es necesario tolerar, por supuesto, pero creo que últimamente toleramos para no opinar. Toleramos para que vean que somos una "buena" persona. Toleramos porque nos gusta que nos vean como una persona muy equilibrada y sobretodo toleramos porque tenemos miedo a enfrentar al monstruo, a las consecuencias, al rechazo, al sufrimiento. Toleramos para salvarnos, para creernos mejores, para que nos toleren. Toleramos porque posicionarse ante un hecho luego puede significar un pase de factura y no estamos dispuestos, salvo excepciones, a pagarla. Y toleramos porque vemos que quienes no han tolerado, generalmente terminan mal.

Yo quisiera que aprendiéramos a tolerar de verdad  y eso significa que en algún momento tenemos que ser intolerantes, porque hay demasiada injusticia, demasiado abuso de poder, demasiada desigualdad en el mundo como para ser tolerada. 

Yo quisiera por ejemplo que toleráramos las preferencias sexuales, la forma de vestir, las opiniones bien sustentadas, las decisiones personales, las costumbres culturales, el color de la piel. En lugar de tolerar el desagravio, la violencia, la censura, la corrupción, el maltrato, la humillación, la injusticia, la avaricia. 

Quizá ésta clase de división resulte absurdo para quienes piensan que si somos tolerantes, hay que serlo ante todos los aspectos del mundo, los buenos y los malos, como dijo Gandhi   "Tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio" 

Bueno yo no soy Gandhi, ni quiero serlo. Y hay cosas que prefiero no tolerar porque siento que si acepto lo que va mal, si acepto a una sola persona que haga daño a otra en beneficio propio, dejo de ser humana.

Quiero usar la tolerancia como una salida y no como un escudo para no ver que el mundo no es un lugar tan bonito. Me declaro intolerante ante cualquier tipo de injusticia,  porque considero que es una de las pocas maneras de luchar contra ella. 

Nathalia Paolini













domingo, 28 de abril de 2013

De ayer, hoy y mañana


Hoy escribo para contarles en que ando. 

Desde hace días quiero escribir. Primero quería hacerlo sobre la situación de Venezuela. El tema político y electoral, los dimes y diretes, la evidente manipulación de los resultados electorales, la locura desatada por el poder, la violencia, las muertes, los insultos, la demagogia. Si la demagogia, que es lo que explica lo que le está sucediendo a mi país. Para los que no saben o no recuerdan el significado del término, les dejo una cita wiki: 

"La demagogia, según Platón y Aristóteles, puede producir (como crisis extrema de la democracia), la instauración de un régimen autoritario oligárquico o tiránico, que más frecuentemente nace de la práctica demagógica que ha eliminando así a toda oposición. En estas condiciones, los demagogos, arrogándose el derecho de interpretar los intereses de las masas como intérpretes de toda la nación, confiscan todo el poder y la representación del pueblo e instauran una tiranía o dictadura personal. En sentido contrario y paradójicamente, muy habitualmente las dictaduras se han instalado sosteniendo que lo hacían para terminar con la demagogia"

Esto sólo una parte, hay mucho más y casi todo es una radiografía del acontecer socio político de Venezuela desde el pasado 14 de abril, incluso antes, pero esa es otra historia. 

Entonces quería escribir sobre eso, sobre lo que pienso y siento, contar que salí a protestar en Barcelona, como nunca salí a protestar en Caracas. Eso me sorprendió muchísimo a mí misma. Quizá el estar fuera, contrariamente a lo que muchos creen, aviva en los emigrados un tipo de amor distinto. Como cuando ves que tu casa se quema, se destruye, y le echas baldecitos de agua, tratando de evitar lo inevitable.

No es que quiera ser pesimista, pero lo que ocurre en Venezuela, no se apaga con baldecitos, ni con cacerolas, ni con discursos. Sólo hay dos salidas: aguantar y esperar que todo caiga por su propio peso, ayudando diariamente con acciones a que las bases oficialistas se debiliten aún más de lo que están, o salir y romperlas de un hachazo. No soy yo quién para decir lo que debe hacerse, cada uno tiene sus consecuencias, y ninguna es positiva, al menos en inmediatez. 

Sufro al ver cómo se fracciona mi país, cómo está dividido y sobre todo cómo la ineptitud puede más que el sentido común. Cómo los rencores no han sanado, cómo la brecha crece.

Sin embargo no escribí nada sobre eso. Al menos no aquí. 

Pero ayer, y ahora retomo para contar en lo que ando,  fui a ver "Ayer no termina nunca" de Isabel Coixet. 

Fui yo sola, como parte de una de mis tareas de "El Camino del Artista", un taller- curso- proceso de doce semanas, orientado al descubrimiento y rescate de la propia creatividad. Esta tarea es " La cita con el Artista" y se trata de irte de paseo con tu artista, contigo mismo, a donde desees. A donde te pida tu artista ir. A mí me pedía ir al cine y a ver esa película, y no se equivocó.

No voy a explicar aquí de lo que se trata la película. Quien desee verla, encontrará en ella una magnífica propuesta cinematográfica, con excelentes interpretaciones, un guión conmovedor y bastante crudo, crítico e inteligente y una fantástica dirección. Vamos, que vayan a verla. Está de más decirlo.

Lo que quiero escribir aquí es lo que me hizo pensar, lo que provocó en mí "Ayer no termina nunca" o cómo nos quedamos enganchados en los buenos tiempos, en las tragedias, en el pasado, sea cual fuere. El dolor que no termina, la nostalgia de lo que fuimos, la incerteza de lo que somos, la tristeza de que todo lo que soñamos se ha esfumado, a veces, para siempre.

Pienso en mis propios ayeres, en las cosas en las que creía, las palabras, las ilusiones. Y vienen a mi cabeza tantas escenas, alegrías, llantos, amores, desamores, logros, frustraciones, verdades a secas, mentiras disimuladas, propias y ajenas. Etapas superadas y  otras que  no tanto. Y me pongo a revisar en mis tragedias, buscar algo que sea tan difícil de dejar atrás que no hay manera de hacerlo. 

Encuentro muchos recuerdos tristes y varios rencores mordiéndome de vez en cuando, asaltándome cuando estoy desprevenida, arrepentimientos atroces, culpas a medio digerir.

Pero un hecho trascendental, absolutamente imborrable, un dolor inacabable y permanente, no tengo. ¿debería sentirme afortunada? o ¿debería sentirme inacabada? , ¿ debería esperar que llegara de un momento a otro? .  No sé, quizá ninguna de las anteriores, muy probablemente ninguna de las anteriores. Lo que hay es lo que hay, lo que habrá ya llegará, como todo llega y como siempre, sin que yo lo controle.

Después, la peli, que también es una crítica  política muy fuerte, me hizo reflexionar sobre las situaciones de mis dos países: el que nací y del cual emigré, y al que decidí venir hace tres años. 

Es evidente y por todos conocida la historia que los une. Pero que no es sólo historia pasada, es también presente. Aunque nos creamos distintos culturalmente, que tampoco lo somos demasiado (creo que la brecha cultural la vamos cavando nosotros mismos), estamos más conectados de lo que creemos.

Y no me refiero a las costumbres, gastronomía, tradiciones o formas de ver la vida. Me refiero a algo más profundo.  Si transformáramos a España y a Venezuela en personajes de una obra de teatro, o de una novela, veríamos que sus complejidades los acercan más de lo que los separan.

En uno, el pasado es tan fuerte que no puede dejarlo atrás y su punto de no retorno, su tragedia, no le permite ver otras posibilidades.

En otro, la negación de su tragedia es tal, que no se da cuenta que tiene que caer y tocar fondo, para poder levantarse y seguir adelante, sin el fantasma que lo persigue y lo atormenta.

Estos son los personajes de la película de Coixet.

En ellos pude ver mucho más que una pareja destrozada por el dolor y la pérdida.  

Me he visto a mí, he visto a algunas personas que conozco, he visto incluso la analogía que acabo de hacer.

He visto que el futuro puede o no depender de nosotros y de nuestra manera de afrontar el presente. 

He visto que somos absolutamente vulnerables, aunque nos creamos dueños de la verdad. 

He visto que el pasado puede ser una espada de Damocles, siempre que lo permitamos. 

Y también puede ser la base para construir lo nuevo, para cambiar y para aceptar que nuestras tragedias no superadas y no aceptadas son nuestro principal enemigo como individuos y como sociedad.

He visto que es sumamente difícil que el mundo cambie pero que si dejamos que muera esa  ilusión no tenemos nada. No hay motivo para continuar.

Y necesitamos un motivo. 

Y creer que todo saldrá bien.

Mujer con Girasol, Ana Maria Abello (2006)
La coloco porque me gusta y ya.


jueves, 8 de diciembre de 2011

Soñar no cuesta nada...(o lo mismo que un billete de lotería)



Se SUPONE, que este comercial es lindo y esperanzador. La gente que aparece en él tiene deseos y sueños  que esperan hacer realidad "cuando se ganen la lotería". Hay una "fábrica de sueños" donde van a parar los anhelos de estas personas, que son recogidos por unos niños aparentemente invisibles y con gran capacidad de aguantar el frío y transportados tras un largo camino a la fábrica en una pequeña bola de cristal. Luego de depositarlos todos en una máquina, sale un deseo único que es el billete de lotería en sí. Que lindo.

Ahora lo que yo veo, es un montón de críos trabajando largas jornadas, hasta altas horas de la noche, bajo el frío del invierno, tratando de pescar a estos "soñadores" que han comprado o recibido un billete de lotería. Un montón de gente que deposita en ese pequeño papel todas sus esperanzas y deseos más profundos sin saber siquiera si podrán hacerlos realidad, no porque no puedan hacerlo, sino porque el billete constituye la única salida.

Sin embargo,  no sabría decir si el comercial reproduce la vida o viceversa. A finales de la semana pasada he visto una cola tremenda para comprar el billete (quien sabe si el billete ganador) conformada por hombres y mujeres de distintas edades, no importaban tacones, bastones ni ningún otro impedimento, la esperanza de poder adquirir el billete afortunado es más grande que cualquier sufrimiento o incomodidad.

No se cuánto se ha gastado para hacer un comercial como éste, que al estilo mágico Harry Potter invita a una realidad posible con un lema bastante claro "Si sueñas, Loterías", o sea que si no compras un billete no sueñas, o si sueñas y no compras un billete tienes pocas probabilidades de hacerlo realidad.

La tradición de la lotería de navidad en España es algo que me produce bastante curiosidad , está entre la cursilería y la fatuidad de depositar en un billete los planes del año entrante que irán adaptándose a la cantidad de dinero que se pueda ganar.

Quizá estoy siendo demasiado radical, QUIZÁS. Puede que algún momento todos soñemos con ganarnos la lotería y mandar al jefe, a la pareja, al país a la mierda y bailar una samba en una Isla del Caribe (sueño europeo) o largarse a dar vueltas por el mundo y ver todas esas cosas que hasta ahora sólo hemos visto en los libros ( sueño intelectual latinoamericano) o simplemente gastarlo rumbeando lo que te resta de vida (sueño universal pero imbécil).

Quizá mi poquísima y desafortunada experiencia en juegos de azar, desde cartas hasta maquinitas de casino, me creen una cierta piquiña a la hora de invertir mi también poquísimo dinero en números y billetes que puede que no me lleven a nada. Prefiero gastarme esa misma cantidad en un cine, compartiendo con amigos o comprando un libro y seguir soñando con todas las cosas que deseo hacer: tener mi propia escuela- sala de teatro, cumplir el sueño intelectual latinoamericano, colaborar con instituciones cuyo trabajo beneficie a una minoría, tener dos gatos, en fin... no tener que preocuparme por cuestiones de dinero, tan odiosas,  hasta que me muera...

Porque digo yo, si sueñas.. Loterías. Pero... que pasa cuando ya no sueñas más...?

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